Elogio del idiota

La evolución de nuestra sociedad es simplemente asombrosa. Digna de un estudio sesudo en alguna facultad de esas que andan ahora revolucionadas porque las matrículas van a dejar de ser low cost y van a empezar a tener un valor real. Fíjese, señora. Antes, un idiota era tenido como alguien de facultades mermadas. O incluso alguien en su sano juicio que, por razones diversas, no había tenido oportunidad para formarse y arrastraba la larga sombra del analfabetismo. Una lacra social como puede ser la pobreza, la esclavitud infantil o los abusos sobre la mujer. Quiero decir, algo de obligada erradicación. Ser idiota no era motivo de orgullo, sino de todo lo contrario. Porque se reconocía en esa persona una dificultad para alcanzar la igualdad de oportunidades que sí disfrutó el resto de sus semejantes.

Ahora bien, los tiempos han cambiado. Demasiado, para mi gusto. En una sociedad cada vez más simple, donde cualquier proceso reduce su complejidad para que hasta un primate amaestrado lo pueda ejecutar (gracias, Steve Jobs), el idiota ya no es un bicho raro que necesita dejar atrás su condición para integrarse. No, señora. Ahora, el idiota puede reivindicarse como tal, hacer de la estupidez su único talento, ganarse la vida con ello y envolverlo en celofán para que lo consuma el gran público. Porque este pobre diablo (que ya no es ni pobre, ni diablo) ahora puede presumir de ser una persona natural.

Así de fácil. No tiene necesidad de formarse, porque eso en el fondo hace perder espontaneidad. Puede masticar el idioma y reirse de sí mismo, porque eso le hace original, distinto a esos cretinos que saben diferenciar el condicional del subjuntivo. Y la maquina de homologación de este neoidiota deluxe es, como ya supondrán, la televisión. La fábrica de kikos, charis, belenes, karmeles, toñis, marujas, rafas, y demás fauna. La vulgaridad, la chabacanería, la estulticia más aguda, es lo más. Tener cultura, eso no le interesa a nadie. Lo que importa es la ocurrencia, por desmadrada y andrajosa que sea, por casposa y cateta que parezca. Y cuanto más, mejor. Lo que se lleva es el idiota.

Lo que no me explico es por qué me viene a la cabeza ahora Mario Vaquerizo…

3 comments

  1. Extraordinario. De hecho, muy extraordinario. Dicho esto, que tiene que ver con el autor, añadamos, en relación al idiota, que por fin hemos llegado a ese estadio en el que uno puede elevarse o hundirse haciendo aquello que mejor se le da. Es una forma más de igualdad. El idiota no es ningún mohicano, no ha estado nunca en extinción. En alguna medida, hasta hace poco estaba mal representado. Hemos evolucionado. Y si usted acude al Congreso y al Senado advertirá que por fin, en las instituciones que representan al pueblo, tiene al fin pretorianos que velan por él.

  2. En el pasado, el pueblo buscaba a personalidades elevadas que velaran por sus intereses. Cabría preguntarse qué ha sucedido con tales lumbreras cuando ese pueblo ahora quiere simples semejantes para que le represente. No queremos a nadie más listo que nosotros, no vaya a ser que se pase de ídem. Mejor tontos a demasiado espabilaos. Muy triste, oiga.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s