Horowitz

El talento no tiene edad. Me confieso un rendido admirador de Vladimir Horowitz. Tropecé con él de casualidad, y desde que me miraron esos ojos de pillo encerrados en un cuerpo de anciano frágil, me invadió una simpatía ilimitada hacia su persona. Ello derivó en un descubrimiento de su música, de su talento único como pianista. A veces es acusado de demasiado pasional, de poco racional a los mandos del teclado, de excesivamente manierista frente al academicismo imperante. Bobadas. Cuenta la leyenda que después de escucharle interpretar su Concierto nº3 para Piano y Orquesta, una de las cumbres de la música clásica del siglo XX, Rachmaninov anunció que nunca lo volvería a tocar más en público. La vida de Horowitz está marcada por su exilio de la Rusia comunista, por su instalación en Estados Unidos y su relación profesional con Arturo Toscanini (y amorosa con la hija de éste), por su caída en desgracia por sus excesos con el alcohol, y por un renacimiento ya octogenario a finales de los años 80 que le llevó incluso a regresar a su patria medio siglo después. De ese ciclo de conciertos por Moscú y San Petersburgo es este vídeo de la Sonata en Do mayor K.330, una de sus favoritas. Asombra no ya la agilidad, sino el calor de la melodía mozartiana, el dulce sonido que extrae de las teclas y las cuerdas, con esa aparente sensación de facilidad. Me asombra cuando el talento sigue ahí, pasen los años que pasen. Y me asombra Horowitz, un señor que cuando interpreta Mozart me lleva emocionalmente a donde quiere. Casi como si fuera humo.

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