Tintín

En ocasiones, las prevenciones son innecesarias. Basta con que quien se acerca a un icono guarde el necesario respeto para que el resultado sea óptimo. Lo es en el caso de Tintín y esta primera entrega (sospecho que habrá más) cumple con todo lo que cabía esperar. En general, es una película de animación muy disfrutable, con algunas secuencias simplemente estupendas (las dos persecuciones son geniales), y todo destilando un maravilloso aroma a los comics de Hergè, quien por cierto aparece al comienzo de la cinta como caricaturista. Homenaje muy necesario a un artista que creó una legión de seguidores, entre los cuales me encuentro, a los que hizo viajar por el mundo, disfrutando de las aventuras más insospechadas del joven del mechón y su perro Milú. Ya ven, un desencantado con el periodismo que guarda con enorme cariño los recuerdos de este reportero intrépido. Seguramente, este oficio sea más bonito contado que vivido.

Y digo lo de las prevenciones porque un amigo muy próximo me torció el gesto cuando me habló de la película. “No es gran cosa”, resumió sucintamente. Sí que lo es. Porque resucita un género de animación sana, para todos los públicos, exenta de la ñoñería Disney y su moralidad discutible, ayuna del metalenguaje del anime japonés y su ficción imposible, donde la aventura tiene un barniz idealista y se cuentan de manera amable las codicias y miserias de nuestro tiempo. Este amante de Tintín ha quedado muy satisfecho, y sospecho que no soy el único.

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