Invivible

El ser humano tiende a la comodidad. Es una ascendente genética contra la que no podemos luchar. Entre un sofá en el que te clavas una barra de hierro y un cheslón en el que te puedes espatarrar de la forma más grosera posible, siempre resultará ganadora la segunda opción. Todo esto se deriva de un hecho que me ha venido a la cabeza por alguna extraña razón: vivir en una ciudad que sea pasto de los turistas. Como definición general, el turista es un especimen codiciado por la hostelería local, pero repudiado por los vecinos. Dejará mucho dinero, pero altera nuestra existencia cotidiana: nos quita las plazas de aparcamiento gratuito, colapsa las calles porque no sabe dónde va y se para cada diez metros pa consultar el mapa, nos deja sin mesas libres en nuestros restaurantes de cabecera, y así hasta donde queramos seguir estirando el chicle. Es una postura eminentemente egoísta. Aquí en Santiago se es razonablemente tolerante con el visitante, principalmente con el español, porque de que le guste la ciudad y que quiera repetir en el futuro depende el pan de muchas familias. Al extranjero se le exprime más: viene con más pasta y se le puede cobrar más caro el marisco. Somos así, señora, no lo podemos negar.

Compostela todavía se mantiene dentro de unos límites de visitantes tolerables. Apenas se cruza el umbral de lo invivible en los años santos, principalmente en verano. El resto del tiempo, capeamos la invasión, salvo que se anuncie visita papal, ya que en ese caso la espantada de los oriundos está garantizada. Pero ahora me vienen a la cabeza casos como el de Roma, Venecia, Florencia, París, etc. La capital italiana o la ciudad de los canales son el vivo ejemplo de una ciudad cuya economía se vertebra casi exclusivamente del dinero que generan los viajeros. Hoteles malos y caros, buenos y baratos, campings y demás alojamientos declinables comen de aquí. Pero el romano de a pie tiene que soportar el hecho de estar desposeído de su ciudad. Más duro es todavía el caso veneciano. Es una ciudad con miles de visitantes diarios, que casi quintuplican a los habitantes de la isla. Llega el punto del rechazo, de la desafección del ciudadano con el turista que hace fotos no por el valor real de un edificio o un paisaje, sino porque así lo indica el guía de turno y debe justificar que estuvo ahí cuando meses más tarde presuma con los amigos.

Por eso todavía vivimos aquí en Compostela. Bueno, por eso y porque no tengo trabajo en otro sitio. Pero esta ciudad se deja querer, aunque uno nunca la sienta como suya. Quizás porque falta el Guadiana, porque falta la luz con la que dimos nuestros primeros pasos, porque falta nuestra alegría, porque uno no se siente en casa aunque lo traten como a alguien de la familia. Casa no hay más que una, por miles de kilómetros que nos separen de ella.

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