Los de Flandes

Siempre me hizo mucha gracia esto del “Rabobank”. Ya incluso de chaval, oiga señora. Más que un nombre de una marca comercial parece un chiste salido de la deliciosamente retorcida cabeza del recordado Tip. ¿Se lo imagina? La de juego que le habría dado a don Luis Sánchez Polack, con su levita y esa voz entre aguardientosa y chisposa. Era la típica tontá que los ocurrentes adolescentes de octavo de básica usábamos de chascarrillo. Párese por un minuto a analizarlo. “El banco del rabo”. Dicho así, se le escapa la risa floja. Rabo. Y se ríe. Pobres holandeses. ¿Sabrán que años después de dejarles Flandes nos seguimos descacharrando? Mírelos, con sus tulipanes, sus putas al sol, sus fumaderos de hierba, su eutanasia y su banco del rabo. Carcajada.

¿A quién se le ocurriría? Ese consejero delegado de la firma que visita España con motivo de la Vuelta Ciclista, y ahí que llega el cachondo del traductor de turno tras haberse servido dos cervezas de más en el almuerzo, y va y le abre los ojos respecto al juego de palabras. ¿Qué cara pondría el susodicho? Apúnteme este post en el capítulo de las estupideces. Pero era lo único capaz de sacarme del sopor creativo que atravieso últimamente. Ni siquiera me aclaro a la hora de elegir un mal vídeo con el que ponerle algo de música a usté, señora, mientras friega el rellano. Aunque esto último no sé si es políticamente incorrecto, por aquello del Día de la Mujer. Usté deme con la fregona si la molesto. Ups.

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