Fake music

Vivimos en un mundo complejo. En el pasado, el futuro era el objetivo a alcanzar, la innovación era la esencia de los usos y costumbres. Eso marcaba ese término tan espantoso que es “la modernidad”. Fíjese, señora, que ahora “lo moderno” es ser retro, pero sin caspa. Las élites culturales deciden qué elementos del pasado pueden ser reciclables, y lo bautizan como “vintage”. En esta descomunal confusión donde uno no sabe si vive a caballo entre lo antiguo y lo cool, ignorante de si está estancado en un pasado que todavía no es moderno y una modernidad que ya está caduca, campa a sus anchas el bluf, el envoltorio sin caramelo, la canción sin estribillo. Su enorme mérito es seducir a ese directorio progre que decide en cada momento cuáles son las tendencias y exprimir los quince minutos de fama que Warhol decía.

Por mi parte, a Lana del Rey no le daría más de cuatro. Es el tiempo justo que se necesita para zapear en los singles que esta buena chica tiene colgados en youtube, y darse cuenta de que ella es una copia de si misma, una y otra vez. Música ramplona, prefabricada (casi tanto como su imagen), acompañada de una voz desganada que pretende ser místico-erótica y no pasa de monótona. Los gurús de las redes sociales, los coolhunters del momento, los sabios del gafapastismo (Dios los tenga en su gloria) caen rendidos ante su estética supuestamente intemporal. Bueno, esos labios de goma deduzco que no son precisamente un guiño a los Cincuenta y los Sesenta. Y ahí la tienen, profeta de la música de mentira, objeto de las más sesudas interpretaciones por parte de la blogosfera en su misión por encumbrarla como musa de no sé bien qué.

Los hay que incluso leen sus letras en busca de mensaje. No los pensaba tan preocupados porque un cantante tenga que escribir sonetos. Al menos no lo demostraron cuando se rindieron ante la ramplonería de los primeros Beatles o cuando, en sus épocas grunge, se aprendían las canciones de Dover. ¡Qué tiempos aquellos! Citando al siempre ocurrente (a ratos cansino) Risto Mejide, “Lana, yo no te compro”. Y si este mundo fuera sensato, ni siquiera deberías estar en venta.

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