La Fenice

Nunca el nombre de un teatro estuvo tan bien puesto. La Fenice, “el fénix” en italiano, es la crónica de un escenario consumido por las llamas hasta tres veces a lo largo de su historia. Pero también es el relato de sus correspondientes renaceres, de sus reaperturas y de sus éxitos. A día de hoy, es el principal teatro de la ciudad de Venecia. No siempre fue así. Cuando se concibió su construcción en 1789, tras el incendio del San Benedetto doce años antes, había otros seis en la isla. Un concurso público retó a arquitectos y diseñadores de dentro y fuera de Italia a concebir el nuevo teatro, que se inauguró en 1792 con una obra de Giovanni Paisiello, uno de los autores más olvidados del primer belcantismo.

Apenas cuarenta años más tarde, era pasto de las llamas por segunda vez. Una rápida reconstrucción le pemitió reabrir sus puertas en 1837. Entre la fecha de su estreno y esta reapertura tuvo varias anécdotas, como los seis palcos ordinarios que se suprimieron para albergar uno especialmente pensado para Napoleón, que visitó la Fenice en 1807. Las sucesivas decoraciones corrieron a cargo de reputados artistas de aquella época como Borsato, Selva, Meduna u Orsi, que confirieron al teatro la exquisita combinación de elegancia y lujo que debía tener un escenario de esas características, en una ciudad monumental como la capital del Veneto.

La tragedia volvía a teñir de negro Venecia en 1996, cuando dos electricistas provocaron un incendio que devastó por completo el teatro, obligando a una reconstrucción integral que duró más de un lustro. No se escatimaron esfuerzos para recuperar la joya de la Fenice, tal y como era antes del fuego. No falta un detalle, ni un policromado, ni un milímetro de pan de oro para la decoración de sus palcos. Su acústica sigue siendo la maravilla que siempre fue, y que permite a un cantante ser escuchado perfectamente en cualquier localidad, ya sea en palcos o en las denostadas galerías del loggione. Se respetó el techo plano de la sala, ese al que la decoración le confiere una sensación abovedada. Por un momento, si se ignora lo sucedido, parece que no han transcurrido los años… ni los incendios. Resuenan en sus paredes los ecos de los estrenos de, por ejemplo, el “Rigoletto” o “La Traviata” de Verdi, los “Capuletti” de Bellini o las colosales “Tancredi” y “Semiramide” de Rossini.

Guardo de La Fenice un recuerdo maravilloso, imborrable. No tanto por el punto mitomaníaco que se apodera de mí en este tipo de escenarios, que también. Sino por la inmejorable noche de mi primera función allí, un “Elisir” inolvidable en octubre de 2010. Su austera fachada no debe llevar al engaño, porque en su interior la belleza no tiene fin. Debe ser el único teatro con una entrada directa a un canal para el atraque de las góndolas. Todo encaja en una ciudad de una mágica decadencia, donde el tiempo se detuvo hace varios siglos, un monumento viviente desde Santa Lucia hasta La Giudecca, desde el Lido donde fue a morir Guido von Aschembach (embriagado por la belleza y el hastío por no dominarla) hasta la Plaza San Marcos en cuyo Palacio Ducal fue coronado Simón Boccanegra.

Si antes de morir hay que ir a Venecia, haga que una de las paradas sea en su Fenice. Me lo agradecerá, señora.

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