Reproches

Son como polillas para el alma, o los atajas pronto o te la consumen hasta no dejar nada. Sacan lo peor de nuestro ser, los agitamos como guantes en busca de un rostro al que abofetear, los lanzamos como puñales por la espalda. Acaban convirtiéndose en una espiral de acusaciones, un “y tú más” casi infinito, que vacía nuestro ser de los peores pensamientos, y deja un hueco para que, a posteriori, crezca el dolor por las ofensas vertidas. Es la más dura de las resacas, porque para esa no hay más aspirina que el arrepentimiento sincero.

No deberíamos reprocharle nada a nadie. Nos degrada como individuos.

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