#gratisnotrabajo

Dicen que las crisis son épocas de oportunidades. Incluso de gangas. En el mercado laboral periodístico, desde luego, es así. Tampoco es novedad, porque el saldo lleva años siendo una característica predominante en la profesión. Quienes con más astucia se aprovechan de la coyuntura, haciendo valer además su posición dominante llegando a extremos vomitivos, son los empresarios del sector. La desesperación de las nuevas generaciones, las más preparadas de nuestra historia, por encontrar un trabajo y darle sentido a años y años de grados, posgrados y demás exigencias formativas les lleva a abandonar su dignidad, su propia consideración, para arrodillarse ante ofertas de empleo groseras, similares al pago de calderilla por recoger plásticos en los vertederos de Centroamérica. Es lo que hay, te dice el patrono, y si no lo quieres tú, lo querrá otro.

Quizás en un arrebato de orgullo, un grupo de compañeros ha lanzado una campaña en el tuiter bajo la consigna #gratisnotrabajo. Es un grito de guerra, pero también una llamada de atención a la sociedad para que mire a su alrededor, para que sepa qué medios de comunicación compra y consume. Igual de indigno es que TeleCinco pague a la madre de uno de los asesinos de Marta del Castillo que este eriódico o aquel portal de Internet recluten redactores a 600 euros al mes. El boicot de una práctica debería extenderse a la otra.

Los periodistas vivimos los peores momentos de la profesión, atravesando una brutal crisis de credibilidad, de autoestima colectiva, de consideración social. Sólo mediante iniciativas con toques rebeldes podremos ser capaces de dar a entender a quienes nos rodean que cumplimos una función tan importante como la del policía que regula el tráfico, el médico que atiende enfermos o el profesor que enseña a leer. Incluso fuera de los mundos del Capitán Trueno, ejercemos de conciencia crítica de los pueblos, evitamos el rodillo político y damos voz a quienes no la tienen para que cuenten su verdad. Al menos, en la medida de nuestas posibilidades. Pero cuando renunciamos a nuestra dignidad profesional y vendemos a precio de puta barata nuestro sudor, abrimos la puerta a un sinfín de humillaciones.

Yo, gratis, tampoco trabajo.

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