Estadísticas

Ya ve, señora. Hubo un tiempo en que escribía por placer. Otro, en que lo hacía por necesidad, a modo de terapia. A estas alturas de la historia, casi seis años después de quitarle el envoltorio a este blog, lo hago por afán de superación. A mí mismo, aclaro. Me dije cuando inauguré el traslado a esta nueva finca que gratuitamente me cedieron que me inventaría un mínimo de siete historias al mes. Bah, malo será que no se me ocurran tal puñado de estupideces en 30 días. Y te ves en harina varios meses después teniendo que contar intimidades para cubrir el expediente, desnudando interioridades del blog (que en el fondo lo son de quien escribe) para alimentar no sé qué prurito estadístico. Siete repartido entre treinta apenas tocan a una chuminada cada cuatro días. Pero cuando la jornada laboral hace estragos, cuando ahogas la imaginación en sueño y petacas de Jameson, cuando las ideas brillantes te abandonan por maltrato, mantener el tipo se tuerce de mala manera. Y como de mi querido Farré ya despotriqué, me tengo dosificados los vídeos de ópera (que a su hija no le gustan, señora) y mis viajes no interesan a casi nadie, me queda una actualidad tan borracha de tragedias económicas que me veo excesivamente sobrio para abordarla con rectitud. Perdóneme si ve que se agota la creatividad. Llevo meses buscándola entre páginas de libros, entre volutas de humo, entre piezas de puzzle. Mi pena es que le encuentro mejor uso que este blog. Ahora solo recicla mis despojos. Demasiado bien sale.

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