Castigado

Dios me ha castigado. No puede ser de otra manera que me haya tocado un tipo que toca el acordeón dos pisos más abajo, y que encima guste de hacerlo con la ventana abierta, para que lo disfrute toda la calle. Ahora, el gustazo que da sacar la cabeza y con las mismas recitarle en un perfecto parlato “qué porculito da el acordeón, hermano”. A lo que el intérprete responde con un tímido “perdón, es que no te oigo bien”. Y te regala la oportunidad de decirle “que cierres la ventana, por favor, que se está enterando todo el edificio”. Oye, y la ha cerrado. Si es que cuando saco este carácter de mierda que tengo…

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