Covent Garden

Le tengo un cariño especial a la Royal Opera House, más conocido como Covent Garden, por la cercanía al viejo convento hoy inexistente y que dejó tras de sí una de las plazas y entornos más concidos de Londres. Quizás porque es el teatro al que más he peregrinado para escuchar cantar en su escenario, o puede que por estar en una de las ciudades por las que más devoción confesa siento. Casi tres siglos de existencia lo contemplan, desde aquel primer teatro que a comienzos de siglo XVIII acogía los estrenos de las óperas de Handel, construido gracias a una patente real que permitía la programación de dramas en la ya por entonces capital del Imperio. Tras dos incendios que lo devastaron en el s. XIX, Covent Garden recibió la consideración de “Real Casa de la Ópera” a mediados de esta centuria, y reabrió sus puertas con una representación de “Les Huguenots”, de Meyerbeer, una de las cumbres de la ‘grand opera’ francesa, y un título descomunal. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y comenzó su resurgir en el pasado siglo, de la mano de su compañía estable de ballet, uno de los pocos teatros en Europa que cuenta con una propia. En la década de los noventa vivió su última reforma, que lo remodeló y modernizó completamente tras invertir 178 millones de libras. El telón se volvió a subir en 1996 con “La Traviata”, sir Georg Solti en el foso y Angela Gheorghiu cantando Violeta, en la función que la catapultó a la fama, casi cuarenta años después de que lo hiciera, con leguas de diferencia, Joan Sutherland encarnando a Lucia di Lammermoor.

Su fachada por Covent Garden es apenas visible. La galería porticada esconde el acceso a su tienda y las taquillas. Más famosa es su pórtico acristalado de Bow Street, que en el interior compone un espacio diáfano a modo de foyer. Su sala tiene una de las mejores acústicas del continente, proporcionalmente contraria a la sordera de su público, que a lo largo de las décadas ha aclamado a cantantes de muy cuestionable talento, en ocasiones arruinando funciones maravillosas de artistas fuera de serie. Su público no es nada dado a abuchear, por lo que algunos intérpretes prefieren Londres a las hambrientas galerías loggionistas italianas, donde un acento o una nota mal impostada no pasan de largo. Aun así, la nómina de cantantes de primer orden que colman sus temporadas es continua, sin que ello impida apostar por jóvenes valores incluso en papeles protagonistas.

Habré ido una decena de veces a este teatro, y siempre hay un aliciente para seguir haciéndolo. Que si las facilidades para encontrar entradas o devolverlas, que si los accesos o el sepulcral silencio de su sala, que si el orden con que se organizan las firmas de los cantantes, que si los pubs que tiene en sus alrededores… Regresar  no es un deseo, sino una dulce rutina, aunque ello obligue a dormir en un hotel inglés.

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