Defraudado

Vas a comprar un coche, que quizás no sea el más nuevo ni el más moderno, pero es por el que bebes los vientos. Te sientas frente al vendedor, y éste te relata la retahíla de requisitos que debes cumplir, y los compromisos que debes adquirir para que te lo financien. Que si todas las revisiones habrán de ser allí, que si cada x tiempo habrás de cambiar neumáticos y líquidos, que mejor lo guardes en un garaje y evites el frío de la calle, que su carrocería exige un pulimento determinado, que la financiera reclama tus últimos 18 recibos de la empresa y cuatro avalistas… Y tú te comprometes a todo, a sabiendas de que hay concesionarios menos exigentes. Te da igual. Tú quieres ese coche y no otro. Incluso te montas con el vendedor para dar unas vueltas por la manzana. En pleno alarde de confianza, te deja las llaves para que conduzcas en solitario y disfrutes del vehículo.

Llega el día de entrega definitiva de llaves y firma del contrato, y el tipo dice que no te lo vende porque aunque le caes muy bien y tienes todo en regla, no cree que el coche encaje en tu forma de ser. Quedas con cara de imbécil, después de haber acondicionado el garaje, comprado siete botes de pulimento, ahorrado para pagar las revisiones, molestado a los avalistas y la empresa, y crearte las ilusiones de que ese coche te reportaría la felicidad.

Pero por encima de todo, te sientes muy defraudado. Mucho.

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