La Scala

El templo de la ópera, el primer teatro lírico del Viejo Continente, la cuna de las esencias durante los dos últimos siglos, el examen de todo aquel que quiere ser un cantante reputado en Italia, pedestal para triunfadores y tumba para fracasados, la catedral del canto. Doscientos cuarenta años contemplan al viejo coso milanés. El Teatro alla Scala es un punto de peregrinación obligada para cualquier aficionado medio del repertorio italiano a lo largo de su vida. Es necesario respirar el aire de sus viejos muros (restaurados hace escasamente dos décadas), contemplar los carteles de las veladas de San Ambrogio de los cuarenta y los cincuenta, donde están anunciados nombres como la Callas o la Tebaldi, y entrar en su sala en mitad del silencio para que le retumben a uno en el tímpano tantas y tantas grabaciones escuchadas a lo largo de su vida.

El cielo y el infierno pasan por el purgatorio escalígero, donde los temibles loggionisti de las galerías altas no dudan en abuchear o bravear según sus gustos. La tradición del canto lírico tiene un sabor muy especial en Milan, a medio camino entre el capricho y la misericordia. Como todos los teatros del mundo, atraviesa una doble crisis: la económica, que lo obliga a programar títulos de repertorio con escasa imaginación y abundante marketing entre los turistas; y la artística, por culpa de unas generaciones de cantantes que no están a la altura de lo que significa pisar el escenario de la capital de la Lombardía. Stefano Secco debería estar vetado. Marco Vratogna, también. Y no sigo.

Por fuera, la indiferencia, la insulsez de un edificio que aparece a los ojos del paseante cuando abandona por la salida norte las Galerías Vittorio Emanuele. Casi llama más la atención el Cafe Trussardi que flanquea este regio mamotreto donde estrenaron sus óperas en el s. XIX autores como Donizetti, Bellini o el gran Giuseppe Verdi. Posee sus tradiciones. Cada función tiene su propio cartel anunciador. Los acomodadores van con librea. El champán es prohibitivo. Y Toscanini preside el foyer de la primera planta. Los aguerridos loggionisti suben por el lateral, porque quienes van a localidades baratas no pueden cruzarse con los dignos poseedores de butacas de patio o palcos de primer orden.

Fue un sueño pisarla por primera vez, y una alegría repetir por segunda. La tercera espero que sea la definitiva para sentirme un trocito de ella. Volveré. Lo prometo.

2 comments

  1. Me gustó la Scala, pero no me sorprendió en exceso la primera vez que pisé su platea. ¿Por qué? Pues porque muchos teatros decimonónicos españoles se han mirado en el modelo del coliseo milanés.
    Y a decir verdad, esperaba más “atmósfera” en semejante templo de la lírica. Está bien, si, pero a mí me faltó algo. Aún no sé muy bien qué. Esperaba que mi primera visita a la Scala fuese inolvidable. Estuvo bien, sí, pero sin llegar a lo excepcional.

  2. Supongo que todo va en función del grado de mitomanía que se tenga. Una conocida lleva mes y medio fuera de sí porque va a debutar en La Scala con la mítica producción de “Aída” de Franco Zefirelli, de allá por los años sesenta, y rescatada por eso de ahorrar. Además, canta un tenor amigo y eso añade un plus de emoción.
    El sitio en sí es lo que es, un teatro más que no llama la atención. Nada que ver con los lujos del Bolshoi, el Colón bonaerense o la Fenice de Venecia. Ni siquiera con el descomunal San Carlo de Nápoles, el más grande de Italia. Pero hay un aura, flota en el ambiente la historia vivida entre sus paredes. Eso es lo que lo hace grande, ni siquiera el museo de juguete que tiene.
    Si fue a La Scala a presenciar una función y no fue maravillosa (cada vez escasean menos las conjunciones astrales), igual eso también le condicionó. Yo me llevé una enorme alegría, a pesar de Stefano Secco.

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