Negro, negro, negro

Hay días así, que exceden la condición de tonto para pasar al ámbito más oscuro. Son esos donde las cosas que pueden ir mal van directamente a peor, sin opción ninguna a enmienda o siquiera remiendo. Y que además ejercen como dedo ejecutor que pone en marcha el castillo de piezas de dominó, con consecuencias obligadas. Al menos teníamos prevista una vía de escape por si las moscas. La trampilla debajo de la alfombra que construimos hace unas semanas va a permitirnos salir con entereza de esta situación. No voy a ser más explícito, señora, porque hasta que las cosas no se cierran las carga el demonio, y acaban truncándose. Pero llegan cambios en mi vida, no deseados (como todos, debo decir). Y es ahora cuando me siento más solo que nunca, a pesar de no albergar duda alguna sobre mis sentimientos. Paradojas del destino.

Lo único claro es que las cosas nunca suceden como uno quiere. Ni siquiera la mitad de bien. Y me resisto a resignarme a que sea así. Yo quiero mis besos, y voy a pelearlos. He dicho.

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