Renovarse… o sufrir

El otro final me parecía demasiado drástico, sobre todo cuando voy a hablar de una mudanza. Ocho años después, abandono los pagos del doctor Maceira (señor por el que no tuve nunca la más mínima curiosidad por conocer de sus andanzas) y enfilo los del Paxonal, al lado de ese centro de latrocinio y perdición que es Elcortinglé. Sucumbo a su llamada, y a que estoy a minuto y medio andando de la sala de torturas donde maquino maldades y las plasmo en papel. Busco nuevos territorios. Mayores amplitudes. Espacios para llenar en compañía. Ya ve, señora, que lo hago todo al revés. Lo normal es buscar pareja y luego irse a vivir a un piso más grande. Empiezo por lo segundo. Lo primero lo tenemos en stand-by, a la espera de que cambie la dirección del viento, despierte un día con el pie cambiado o halle una interpretación mística en los posos del café. Confianza. Con fianza. Con fe. Tenemos llaves. Y ahora, a trasladar cacharros. Lo triste es que esos sí que son todos, todos, todos, de un servidor.

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