Máximas mínimas

Vaya por delante que no soporto a Paulo Coelho y ese rollo que se trae de gurú del buen karma, de la felicidad contigo mismo, del manual de la autoayuda perenne. Cuando los de Círculo vinieron a abducirme, apresuradamente me informaron que como regalo de bienvenida ¡me regalaban el último libro suyo! Educadamente, les informé que prefería tener que aguantar una maratón de Gran Hermano: El Reencuentro. O incluso escuchar cantar a Jonas Kaufmann. Y no, señora, este no es el mayor de los Jonas Brothers esos que escucha su nieta. Definitivamente, no. El escritor brasileño se ha hecho célebre por sus frases donde condensa su sabiduría infinita, máximas cargadas de… de… ¿cursilería? ¿ñoñería?

Ojo al dato, que van aquí unas cuantitas. “Cuando quieres algo, todo el universo conspira para que realices tu deseo”. Mentira de las gordas, oiga. Porque si así fuera, yo no habría perdido dos pisos que estaba mirando por la codicia de sus dueños. Valiente fracaso de conspirador es ese orbe celeste. “Podemos cometer muchos errores en nuestras vidas, menos uno: aquel que nos destruye”. No me diga que esta no es grande. A ver, si cometemos el que nos manda bajo tierra, ¡claro está que no podemos seguir patinando ni una sola vez más! “El camino es el que nos enseña la mejor forma de llegar y nos enriquece mientras lo estamos cruzando”. Perdone, pero eso ya lo recitó Machado muchos años antes y con bastante más estilo (“caminante no hay camino, se hace camino al andar, al andar se hace camino, y al echar la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”).

Luego está la variante santurrona, donde la deidad de turno es principio y fin del amor, del bien, de la felicidad, de todo lo bueno que nos rodea. Lo que no explica el venerable es a quién podemos reclamarle cuando estamos en el paro, con mujer y dos niños, el banco reclama el pago de la hipoteca y no tienes ni para la luz ni el agua. ¿Resuelve “El alquimista” alguna de estas problemáticas? ¿O con una sana espiritualidad conseguimos dinero al instante? Ya sabe señora, cuando la hija le meta en casa a un mangarrán por novio, usté se arrima a Coelho, lo lee con parsimonia y respira profundamente como quien saborea caramelitos esos de eucalipto. Y si aun así no se nota despejada, suéltele dos coscorrones a la niña, porque a veces la prosa elaborada no siempre entra a la primera.

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