Los plastas

Son una rara avis entre la raza humana, especialmente molesta cuando cae el sol y abren los bares. Están ahí, al acecho cual zombi sediento de carne fresca, y en cuanto encuentran una víctima propicia, muerden y no sueltan. El viernes fuimos pacientes sufridores de un individuo de tal pelaje, que succionó nuestra energía vital a través de charlas intrascendentes, de profundidades dialécticas ostensiblemente rechazadas por el grupo pero que desistió de entender, del malsano escrutinio cotilla, de la falsa adulación de quien necesita establecer nuevos vínculos que justifiquen ataques futuros para subsistir. Espantarlos es una tarea que exige de un movimiento acompasado de todas las partes, casi perfecto, porque el plasta detecta cualquier amago de operación en su contra. Se consiguió, no sin antes asistir a una despedida de quince minutos cuajada de frases huecas y halagos ebrios.  Tres horas de noche fueron desperdiciadas en la lidia de este sujeto, recuperadas no obstante a partir de la marcha del especimen. Pero el desprecio que genera tan solo me abre una pregunta: ¿me daré cuenta algún día si muto repentinamente hacia la condición de plasta?

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