Éxitos fatales

El destino a veces es muy cruel. Casi se convierte en verdugo de a quienes con anterioridad ha permitido saborear las mieles del éxito. Recordaba hoy a un buen amigo (lo fue durante un tiempo) que se labró, a golpe de trabajo y esfuerzo, un prometedor futuro como director de cine. Lo tenía ahí, al alcance de la mano. Llegó incluso a ser premiado por un guión de un corto y tener la oportunidad de filmarlo. Hasta fue ayudante de dirección de un largo al otro lado del océano. Tocaba la fama con la punta de los dedos. Y de buenas a primeras, todo aquello se truncó, se perdió, se fue por el desagüe, y ahora resiste ayudando a la familia en sus negocios, alejado de aquello que soñó y por lo que tanto sufrió. Tampoco fue una caída casual, señora, no la voy a engañar. Algo tuvo que ver el lado oscuro de la vida al que se asomó poquito a poco, y que le llevaron a adicciones ni letales ni níveas, pero sí de efectos secundarios. La desgracia de quien pudo ser pero murió en el camino. Es una lección vital. Todo tiene su tempo. Acelerarlo solo nos echa de la carretera, y quién sabe si podremos volver.

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