Cielo e infierno

El arte es verdaderamente democrático: el pueblo llano puede expresar sus opiniones sin ningún pudor, porque para eso ha pagado religiosamente la entrada y puede ejercer el derecho a opinar sin cortapisa. Es quizás la expresión más libre de cuantas se producen en nuestra sociedad, sobre todo desde que a los mítines políticos van sólo los afines y nadie de los asistentes osa arrojar críticas a los charlatanes de turno. La ópera fue siempre atrevida. Abucheos y bravos han convivido durante siglos, ovaciones y censuras que han ido dirigido a cantantes, directores e incluso compositores, quienes debían contentar al respetable si querían seguir recibiendo ofertas para escribir nuevos títulos. Es una costumbre, principalmente, italiana. Los padres del género saben perfectamente qué quieren. Están arremolinados en el temible loggione, el “gallinero” de los viejos teatros de Parma, Milan, Bergamo, Roma, Venecia, Napoles, Turín o Trieste. Son la conciencia crítica que ejerce de contrapeso a la masa de turistas que pueblan los patios de butacas y los palcos más inaccesibles. Esos, que se limitan a aplaudir cuando en ocasiones no distinguen un gallo de un trino, o ni siquiera se han tomado la molestia en escuchar previamente la ópera que han ido a ver.

Esa es una de las esencias mágicas de la ópera. Cae el telón y entre los encendidos bravos a una cantante pueden mezclarse los abucheos de sus detractores, que no le perdonan el mal fraseo, o la omisión de las notas más comprometidas, o sencillamente la falta de elegancia en los papeles de un estilo determinado. Mitos de la lírica han padecido pánico a la opinión soberana de los “tifosi”, no siempre justos en sus apreciaciones. Unas veces incluso deslizan comentarios hirientes; otras se resume la admiración en piropos como el “divina” que recibía la Callas. Todo esto convierte a los escenarios en una especia de limbo donde se espera el juicio final del público, que te condena a subir al cielo de las leyendas o bajar al infierno de los olvidados. Desbordantes emociones de una de las expresiones artísticas más pasionales que jamás existirán, donde a veces la razón no tiene lugar. Y ya puedes vender muchos discos, salir a diario en la televisión, realizar campañas de marketing millonarias y poseer la sonrisa más seductora del panorama operístico, que si eres un perro ladrador que piensa que la mezzavoce no existe y que lo importante es sonar a martillo hidráulico, vas a recibir tu merecido. Y no quiero mirar a nadie.

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