Olvidar

Los efectos terapéuticos de los aires mediterráneos quedan demostrados, señora. Hace apenas dos días, se me llevaban los demonios por la caza de brujas emprendida por la famélica legión contra una compañera por un error humano, subsanado y disculpado públicamente en la plaza del pueblo. Se aceptaron incluso los tomates como penitencia y las ya consabidas lecciones de buen hacer que la docta autoridad en la materia imparte desde su atalaya libertaria. Hoy, de regreso, todo aquello no parece sino un mal recuerdo, algo lejano en el tiempo sobre lo que no merece la pena volver salvo para no olvidar lo aprendido: los traductores automáticos los carga el mismísimo demonio. Y expreso aquí mi deseo de sepultar este incidente, que quede atrás y no sea motivo de más controversia, porque desde luego no lo merece. Pero queda en mi desconfiado espíritu la sensación de que habré de ajustar cuentas en los venideros días con algún alumno aventajado, o simple despistado pero con ganas de jarana a costa de la desgracia ajena. Será una pena, porque hay estados de ánimo que sería mejor no erosionar. Sobre todo los buenos. Como el actual, matizo.

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