Estancias

Casi le puedo asegurar, señora, que voy a seguir en Galicia un tiempecito más, sorteadas las corrientes que pretendían arrastrarme con la mejor de las intenciones a otras latitudes ligeramente meriodionales. Ya ve, me he hecho un sitio aquí, en mitad de la piedra compostelana, una dulce rutina que rompo gustosamente con el beneplácito de la consentidora de Noia (una de las personas más nobles que conozco) para respirar aires con menos humedad de tanto en tanto. Cuando hay un buen equipo, cuando las cosas salen bien, cuando se alcanza una cierta estabilidad emocional, cuando uno disfruta con lo que hace, cuando se aprende a sortear las lecciones gratuitas no deseadas, cuando se conocen los suficientes bares, cuando los camareros saben qué bebes, cuando el casero te consiente dejarle a deber cinco meses de garaje sin mosquearse, cuando los buenos amigos no escasean, cuando te inicias en Wagner, cuando acabas de pagar la letra del coche, cuando echas de menos Compostela como si fuese tu casa, cuando tu casa no te parece que esté lejos porque te acostumbras a su distancia, es en ese mismo instante cuando te puedes considerar dichoso. Yo me lo siento a día de hoy. Pero esto ya se sabe que son humores cambiantes. Así que mientras dure, es motivo de celebración. Esta en Santiago está siendo una estancia inolvidable. Y va pa ocho años.

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