Se lo cuento y no me cree

Es lo más probable. De primeras, se quedará patidifusa, atónita. Es la reacción lógica. Luego me preguntará si lo digo en serio, a lo que yo asentiré con una media sonrisa, que no oculta mi reconocimiento tácito de que mis palabras son difíciles de creer por todo lo que arrastran detrás. Seguramente no me haga caso y me dirá aquello de “eso es una cosa pasajera”. Cuando no tuerza el gesto será cuando comprenda que no estoy de broma. Y empezará a buscar razones que justifiquen mi aserto, que den cobertura a una afirmación que niega buena parte de mi persona en los últimos años. Ya lo sé, esto no lo cura el médico, ni siquiera un cambio de escenario. Puede que sea momentáneo, una de esas etapas que se atraviesa casi sin darse cuenta, porque el decorado y los secundarios poco han cambiado del gozoso pasado reciente al presente actual. Tampoco me parece que haya que buscarle más vueltas al tema. Es así y punto. No es el final, ni mucho menos. Pero cuando un hedonista siente que podría estar haciendo algo más placentero en un momento concreto y no lo hace, surgen las dudas. Es así, señora, es así: la noche me está aburriendo.

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