Antidescanso

Está visto: no puedo salir de casa en los días libres. Es poner un pie en la calle, en esta u otra ciudad, y acabar donde siempre, de bares. Cuando no se conoce la mesura, se regresa a las siete. Y a la mañana siguiente, a torear el morlaco de la resaca. Las luces de alarma saltan cuando dos días después, tras la primera siesta verdaderamente regeneradora, se está más cansado que antes de la libranza, y por delante todavía quedan un puñado de jornadas de trabajo hasta el siguiente paréntesis festivo. Y ya pesan los años, señora, porque antes un servidor soportaba lozano estos castigos nocturnos, tareas hercúleas que se superaban con gracil soltura, y ahora no hay más que verme, cansado, arrastrando el peso de las noches no dormidas. De fondo me llegan los ecos de mi próxima jubilación nocturna, ya amagada a través de unos esporádicos retiros que le sientan de maravilla a mi salud (y mi cuenta corriente). O quizás sea solo una crisis de edad, y cuando supere la treintena y vea que no se acaba el mundo habré de volver a las andadas. Cualquier cosa es posible. Pero qué cansado estoy hoy…

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