Ajedrez

La vida es una partida de ajedrez. Tu destino juega con blancas, y te lleva la iniciativa. Tú, con negras, debiendo sobreponerte a quien mueve primero y, al mismo tiempo, tejiendo la estrategia para doblegarlo y acabar venciendo la mano. A veces, te amenaza con un caballo que salta tus defensas y entra en la última de tus líneas provocando una revolución, y te ves obligado a enrocarte para salvar la situación, a sabiendas de que no podrás utilizar más este recurso. Otras, serás tú quien se sirva de los peones como maniobra de distración. En las menos ocasiones, incluso sacarás a pasear a la reina para dar el golpe de efecto, aun a riesgo de cometer una torpeza y perderla para el resto de la partida. Lo mejor de la metáfora es que, como la vida misma, una jugada puede resolverse de siete maneras distintas, y siquiera en los momentos más desesperados, hay alternativas para sobreponerse y contraatacar hasta acabar llevándose la victoria. Contra lo que muchos piensen, nuestro futuro no manda, solo dibuja un movimiento sobre el tablero. Y se le puede dar jaque.

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