Mi reino por una manta

En los días malos, esos que te levantas con el cuerpo cortado, con la certeza de que estás incubando la gripe del pollo u otra dolencia maligna similar, vendes tu alma como el Doctor Fausto y no por sabiduría, sino por poder lanzarte con doble tirabuzón al sofá, tapado por la manta hasta las orejas, y esperar que pase el día sin que nadie moleste, sin que nadie llame, sin que nadie incordie con peticiones. Es de esas veces que ruegas al destino que no haya ninguna crisis política, ningún atentado mortal, ninguna catástrofe ecológica en las costas, y que te dejen dormir hasta el próximo lustro.

De paso, señora, hágame un caldito, que ya se lo pagaré a su hija.

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