Escombros

Que la televisión actual es un vertedero infecto no sorprenderá a nadie, señora, y me da igual que a usté le haga mucha gracia el “Sálvame” de la sobremesa para echar la cabezadita. La zafiedad ha superado las cotas moralmente aceptables para inundarlo todo, como las riadas tóxicas de Centroeuropa. Más allá de despellejar la vida privada de los famosos o aspirantes a conocidillos, más allá de que éstos vendan sus miserias al por mayor o sean capaces de falsearlas para zurcir culebrones con los que ganar cuota de pantalla, estamos llegando a un empobrecimiento social preocupante. La última edición de Gran Hermano es la mejor evidencia. Lo que comenzó siendo un curioso experimento sociológico acabó derivando en una escuela de fruteras y sucedáneas de Belén Esteban, aunque sin torero ni niña con pollo. Pero este año nos hemos superado.

Si en sus orígenes causaba curiosidad ver cómo se las ideaba el personal para dar rienda suelta a sus pulsiones sexuales, y poco menos que nos escandalizábamos por el hecho de que se acostasen mientras les grababan las cámaras, este año Telecinco, la fosa séptica de nuestra televisión, ha decidido darles un cuarto a oscuras para que se toqueteen. Es decir, que hagan lo que consideren, pero que no se vean. Y que no se preocupen, que ya les vemos nosotros con una camareja de visión nocturna. Viva la moral gaseosa.

Lo que más me fastidia en cuestión del hecho de que Zapatero quiera retrasar la edad de jubilación a los 67 no es este hecho en sí, que ya es suficientemente jodido, sino que cabe la opción de que tengamos que aguantar a Mercedes Milá dos años más intentando justificar la dignidad de su programa, lo naturales que son sus concursantes (algunos de ellos es probable que aprendiesen a leer con los prospectos de la gomina o las pastillas del gimnasio) y lo real que es todo lo que se vive en la archifamosa casa de Guadalix de la Sierra. Gente que, además, será pasto del comentario del resto de programas de la cadena, como si se tratasen de estadistas negociando el Tratado de Yalta o la independencia de Kosovo.

Aunque quizás tengan una centésima de razón en un aspecto: la realidad cotidiana es tan puñetera, tan miserable en estos tiempos de crisis, que la sociedad se sienta delante de la tele para relajarse con los problemas de los demás. Me cuesta pensar que sea así, pero no descarto que millones de españoles prefieran ver a una rubia recauchutada de rodillas manejándose con un chuloputas antes que mirarse al espejo y recordar su desgracia vital. Perra existencia.

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