La ilusión

Puede parecer una completa estupidez. De hecho, probablemente me dé esa impresión dentro de no demasiado tiempo. Pero me hace mucha más ilusión regalar que ser regalado en los cumpleaños. Cosecho un album de sonrisas y gestos de felicidad del resto de la humanidad a la que me he dignado entregarles algún recuerdo con motivo de su día. Son esas pequeñas concesiones a los buenos sentimientos que, ocasionalmente, me permito para descongelar esta existencia tan falta a veces de candor. Conste que las onomásticas no son sino una excusa para el regalo. Porque lo que en el fondo le dices al regalado es que es importante en tu vida. El problema es cuando regalamos a mansalva, a todo hijo de vecino que llega a la treintena o simil parecido. Las cosas deben tener un valor sentimental, y empobrecerlo sólo nos conduce a una vida banal y monótona.

Que por cierto, este post viene al pelo porque cierto individuo se aproxima a la tercera década de su vida, con más fuerza todavía que quien escribe estas palabrejas. Y sí, señora, tengo la edad que aparento, no envejezco, no parezco mayor, ni me conservo mal, ni tengo arrugas, ni achaques, ni nada por el estilo. Y si no, pregúntele a su hija sobre mi estado, que puede darle algunas referencias. El resto, se lo imagina.

Asqueroso, felicidades.

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