Vender

¿Vendería su alma al diablo, señora? ¿Sería capaz de regatearle un deseo inconfesable por algo tan etéreo como su espectro vital, ese que quizás ni siquiera exista? Si lo hizo el doctor Fausto, yo me veo igualmente con ganas. No, lo mío no es por amor, sino a cambio de talento, de las energías necesarias para la hercúlea tarea que desde hace meses ronda mi cabeza y que sólo necesita una chispa para arder. Y que esa llama acabe convirtiéndose en un caluroso fuego que no sea pasto de la primera ráfaga de aire que sople, sino que llegue a ser fuente de luz. Las esperanzas no deberían depositarse en los sueños. El subjuntivo nunca fue de fiar. Pero señora, ya tengo mi idea. Y mejor o peor, debe darme algún fruto. Siquiera una satisfacción vital. Me vale con que sea pequeñita.

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