Cruce de caminos

Tengo una teoría muy especial sobre las relaciones personales y su combinación con ese elemento aleatorio llamado destino. Desde hace años, sostengo que las vidas de las personas son como las vías del tren, que cada una discurre por un territorio hasta que se sitúan en paralelo y, tras un tiempo, llegan al cruce de vías en una estación importante. Nunca se sabe cuando parte el tren, pero casi siempre vuelve a hacerlo, en vía única, para en un momento concreto, volver a separarse y tomar camino a norte y sur. En ocasiones la cosa pinta peor y directamente descarrila. No habrá vuelta atrás, porque los accidentes no son casuales. Pero si por aquellas cosas de la vida, esos ferrocarriles vuelven a situarse en paralelo muchos kilómetros después, por alejados que hayan estado desde su anterior cruce de caminos, creo firmemente que acaban volviendo a converger. ¿Cuándo? Ni idea. De eso se encarga el caprichoso azar. Puede que en el siguiente cruce de vías, cuando las traviesas sean comunes, la línea única dure mucho o poco. Pero ya la simple idea, el convencimiento de que hay una segunda oportunidad en algún sitio de nuestro etéreo futuro, merece la pena. Es necesario explorar esas posibilidades. Quién sabe si la estación final será la felicidad.

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