Santiago me quiere

Tengo la sensación de que las ciudades sí tienen alma. Compostela sin duda. Llegas a ella y te hace sentir singular, diferente. Aunque en mi caso es cuestión de indumentaria: debo ser el único individuo en pantalones cortos y polo de manga corta de todo Santiago. No contaba deliberadamente con vestir cual guiri en Mallorca. Entendí que podría ser cómodo echar mano de ropa fresquita por aquello de la ola de calor africano que, según todas las radios y televisiones, azota la Península. Me alegré de mi elección durante las siete horas y pico de coche que me trajeron desde Sevilla hasta mi morada compostelana… hasta que crucé A Estrada y me adentré en la tormenta. De los 42º a la sombra a los 17º y el paraguas. Un señor recibimiento, una calurosa bienvenida post-vacacional, un bofetón de realidad en pleno rostro avisándome a las claras de lo que me espera los próximos seis (o siete) meses a la sombra del Apóstol. Pero yo no me lo tomo mal. Dicen que quien bien te quiere te hará llorar. Yo aun no he derramado una lágrima, pero estoy maldiciendo en arameo este clima imposible. Sin duda, Santiago me tiene en altísima consideración. Si hiciese sol, podría llegar a ser recíproco.

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