Si pel ciel marmoreo giuro

 

Verdi es sentimientos, emociones. Suyo es el principio, la evolución y el punto y final del romanticismo en la ópera italiana. Uno de sus personajes más fascinantes es el Otello shakespiriano. Compuesto en su vejez, en el ocaso de su producción musical, se aleja de los cánones de su estilo más conocido por el gran público. Junto a una complejidad psicológica pocas veces igualable, hay una orquestación densa, con enormes contrastes entre los momentos de calma y aquellos en los que quiere agarrarte el alma y sacudírtela con toda su fuerza. Uno de ellos es el final del segundo acto, cuando el traidor y astuto Iago engaña al moro confesándole que ha visto en manos de Cassio un pañuelo de su amada Desdémona, alimentando el monstruo de sus celos que desembocará en el desenlace fatal de la ópera. Hay que atender a la narración de Iago, a su siibilina acusación a Cassio, al grito de horror de Otello, a ese “sangue, sangue, sangue!!!” que hiela la idem, a la creciente sonoridad de la orquesta, a la agitación que revela, y a la solemnidad del juramento a dos voces. En estudio, Mario del Monaco grabó una tardía versión inigualable junto al más vulgarote Aldo Protti, pero en el que la dirección magistral de Karajan justifica su escucha. Adjunto aquí un directo del Met con Del Monaco, el moro más impresionante que jamás pisó unas tablas, junto al impagable Leonard Warren.

Tengo ganas de verme un Otello.

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