Cuando nada es lo que parece

Las apariencias, siempre preocupados por las apariencias. La mayoría de las veces, disfraces para nuestras farsas personales, máscaras para nuestras mentiras, edulcorantes para nuestros fracasos. Lo sabemos. Y sin embargo, ¿por qué participamos de ellas? ¿Qué nos hace protagonizarlas o, yendo más allá, servir de coartada para las de otros? ¿Quizás nos haga gracia? ¿Acaso lo hacemos por puro divertimento? ¿O por que no pensamos en ellas? No las pensamos ahora, claro, ¿pero tampoco le daremos una vuelta a las neuronas pasado un relativo tiempo? Las apariencias esconden embustes, grandes o pequeños, a propios y extraños. ¿Nos gusta formar parte del juego? No deja de ser como una droga: conocemos sus contraindicaciones y efectos secundarios, pero nos puede el placer del momento. ¿Triste? No. ¿Alegre? Solo a ratos. La solución… ¿de verdad la queremos?

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