Pereza

Atenazado por la desidia de unas vacaciones que todavía no han desembocado en el oasis de la más absoluta nada que deseo, me cuesta sentarme a escribir para contarle cosas, señora. También hay algo de prudencia, porque usté tiene ese punto chismosa que tanto me fastidia, y cualquier intimidad que le desvele deja de ser tal para convertirse en dominio público. Así que me conformaré con darle algunas pinceladas de esas cosas que se hacen en llamar aeropuertos, y que cuando uno los transita se siente con el mundo a su alcance, apenas a un par de pasos de cualquier punto del globo, varias horas mediante. Son cotos de multiculturalidad, de pluralidad, y de policías, que cuantos más veo, más me siento menos ciudadano. La profunda felicidad que me produce moverme por los aeropuertos es rápidamente apuñalada por el personal de las maquinitas de rayos x, muy preocupados por que tu bote de desodorante no sobrepase los 100 ml y pueda convertirse en un potente explosivo con el que hacer estallar… su cerebro. Y luego están las compañías aéreas, principio y fin de mis arranques de cólera, que acabo personificando en su personal de tierra o de aire, cuando son meros peones de un sistema tan complejo como incomprensible. Cuando llega tarde un avión, la culpa nunca es ni de quien lo pilota ni de quien te sirve el café. Es… de otro. Ni preguntes, porque tampoco sabrán decirte quién es. Nos queda la resignación, asumir que es un dogma de fe del buen viajero, y que hay que procurar ir comido, bebido y meado.

Al final no tenía tanta pereza…

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