Identidades

Nadie dijo que vivir fuera fácil. Incluso cuando nos limitamos a dejar pasar el tiempo, consumiendo nuestra existencia en la nada, hay que tomar decisiones y elecciones que requieren cierto arrojo. Hasta las vidas más insulsas llegan a un punto clave en el que han de probar que se diferencian en algo a un chimpancé o una ameba. Uno de esos puntos es forjar una identidad, una personalidad. ¿Qué queremos ser? ¿Cómo queremos ser? ¿Queremos una apariencia de felicidad a toda costa, o preferimos ser nosotros mismos, admitiendo nuestros defectos pero sincerándonos con nuestro yo? O lo que es lo mismo, ¿queremos que mande la cabeza o el corazón? Así de simple. La primera no garantiza nada, salvo fachada y una autocomplacencia mentirosa que salta por los aires a la primera que puede. La segunda es menos generosa, pero mucho más sincera. Y a la larga, convence a la primera de que se es infinitamente más feliz siendo uno mismo que representando un papel presumiblemente modélico a ojos de los demás. La moral, siempre la dichosa moral, que casi nunca es la propia y las más de las veces es la asimilada por imposición de la sociedad… 

Cuando uno se niega, cierra la puerta a una existencia plena y sin mentiras. Así que no lo dude, señora, si su hija prefiere un crápula a un ingeniero, sólo pregúntele quién la hace más feliz, y deje de inducirla a que se busque un tipo con perras. Ella se lo agradecerá. Y yo, también.

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