Vendedores

En general, no me gusta que me despierten. Al menos si es un día normal y no tengo que hacer nada, salvo ser persona. Gozo de la virtud de dormir hasta que mi señor cuerpo decide que ya es suficiente remoloneo. Y casi me expele de la cama. Hoy ha sonado el timbre. 10.30. Hora completamente intempestiva. Me obligo a salir de entre las sábanas y siquiera espiar por la mirilla. Vendedores. Dos. Lo suponía. No voy a abrirles, porque no tengo ningún interés en comprar a esta hora de la mañana y con las neuronas reconfigurándose. Podría ser incluso peor y que fueran de los Testigos de Jehova y quisieran bombardearme la cabeza con su doctrina intoxicadora. Incluso retengo el impulso de hacerlo para apuntarles que sea la última vez que timbren en mi puerta antes del mediodía. Ayuda que vaya en calzonas, polo raído y despeinado. No gusto de aparecer hecho un espantajo. Presumido que es uno, señora!

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