Autocensuras

No va de periodistas, señora, no huya. Piense por un momento, recuerde tal vez, alguna ocasión en que yendo por la calle, atendiendo a la televisión, leyendo un libro o mirando un escaparate se le venga a la cabeza una idea, la que sea. Y que siquiera unos segundos más tarde la deseche por inoportuna, impropia, inadecuada. Matamos nuestra espontaneidad con la razón, con los prejuicios y los miedos. Lo que queda de nosotros es un poso amable, bizcochón, amuermado por las circunstancias. ¿Qué nos lleva a impedir que hagamos aquello que brota de nuestro subconsciente? ¿Por qué buscamos tapujos y excusas para desautorizar a nuestra mente? La felicidad en esta vida nuestra reside ahí, escondida en esos pensamientos incorrectos, naturales, sin censuras, salvajes, que se agolpan en nuestro cerebro y sólo emergen a la superficie cuando entienden que deben hacerlo.

Debiéramos pensar menos. Nos iría mejor en la vida.

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