Mayo

Casi no sé por donde empezar. Está siendo un mayo intenso, de contrastes, reencuentros, risas, nocturnidad, alevosía, copas, apuestas, mensajes, quemaduras, viajes, óperas, cenas, caricias, bodas, aeropuertos, derroches, guiños, palabras, miradas, sueños, maratones, conciertos, tertulias, churrascadas y no sé cuántas cosas más, sobre todo cuando quedan por vivir casi diez días más. Está siendo un mes de mayo de acelerón y frenazo, de excesos y defectos, de sorpresas inesperadas. Hagamos un ejercicio de concisión sumaria para comentar un par de cosas.Hubo una boda. Se nos casó un buen tipo al que fuimos a ver a pesar de una nube volcánica caprichosa. Y allí nos reencontramos tres amigos ocho años después, recordando tiempos pasados, que no sé si fueron mejores, pero desde luego merecieron la pena vivirlos al lado de Toni y Antonio. Queda pendiente visita a Zaragoza, una ciudad a la que le debo buenos momentos, y ella me debe recuerdos. Me los roba de noche.

Hubo una final de Copa. Y una celebración. Y una quemadura. Y Puccini de madrugada. Y un delicioso desvelo con prórroga obligada en forma de curso formativo bastante aburrido. Y la música de Puccini me gusta más ahora, si cabe. Me queda la sensación de que sus óperas son algo cortas. Tendré que reescucharlas más a menudo.

Hubo una churrascada. Nada fuera de lo habitual en un día libre, acompañado de buenas gentes que elevan a la enésima potencia el concepto de hospitalidad. Pero lo importante fue el regreso a un lugar de autos, esquivado durante años, y que ha dejado de ser escena de crimen para convertirse en decorado paradisíaco (y dionisíaco, añadiría). Hay más. Una senda abandonada y poseída por la maleza vuelve a ser transitable. Es una de las alegrías de este 2010.

Hubo un puente y nos fuimos a Madrid. La fraternidad no es una cuestión de consanguineidad, sino de carácter. Y hay un puñado de personas en esa ciudad que te acogen casi como si fueses de su familia. Son amigos, pero prestados por otro individuo único en esta existencia de quien escribe. Regresamos al Teatro Real, disfrutamos de Bellini, Juan Diego Florez y una cena al aire libre deliciosa. Probamos la comida nórdica y los cócteles malasañeros. Recordamos, en fin, porque cuatro años fueron pocos bajo el cielo gris de la capital.

Y habrá, porque el mes no ha acabado, la enésima cita en mi ciudad particular. Puede que después tenga otros muchos más “hubo” para un post.

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