El valor del plástico

El submundo ayamontino arroja situaciones que me llaman a la reflexión, y casi ninguna buena. El pasado viernes, de copas con un cuasi hermano, acabamos cuales Robinsones Crusoes en nuestra particular isla, no rodeados de caníbales sino de adolescentitos, entre sus tiernos 17 y 22 años. Sentirse el más viejo del bar a los 28 es una sensación extraña, bizarra a más no poder. Casi de culpabilidad por el hecho en sí, por molestar a la muchachada alborotada con tu presencia, cuajada de problemas reales y no de rollos de instituto o primero de carrera. Pululaba por allí, bien amarrada a su maromo, una moza que no pasaba de los 21, y lucía sin el más mínimo rubor un escote neumático y con exceso de presión. El comentario que lo siguió, de buena tinta, es que la afortunada tenía “tetas de plástico”. Y no era una maldad, sino un relato veraz. El siguiente añadido fue “se las ha puesto por si acaso luego la oyes hablar”. Lo omití por machista, aunque quien lo realizó era otra mujer. Dios guarde el feminismo de las propias hembras, por cierto.

Mi absoluto desconcierto vino por el hecho de que a los 21 años, o te metes a puta (no es el caso), o heredaste a los 14 una fortuna, o papa y mamá te han pagado el paso por el taller mecánico para que te recauchuten. ¿Qué padre paga de su bolsillo que su hija se ponga tetas cuando todavía no ha acabado su crecimiento físico, no digamos ya el intelectual? ¿Qué clase de valores se inculcan a un hijo cuando se consiente que caiga en algo tan absolutamente frívolo y decorativo como la mera apariencia física? No se trataba de una muchacha de 1,40, ni de 90 kilos de peso, sino de un estándar dentro de lo que debe ser su edad, la más estricta normalidad, nada que pudiera provocar rechazo en una sociedad obsesionada con la estética. ¿Qué busca esa persona? ¿Aceptación social? ¿O quererse a ella misma? ¿Qué resortes educativos han fallado de forma tan estrepitosa para que la autoestima se pese en implantes de silicona? ¿Qué tipo de persona busca la autorrealización exhibiendo a los demás que puede lucir canalillo como si de una fulana se tratara? Estas preguntas golpean mi cabeza sin encontrar respuesta. Porque en el fondo, estoy seguro que es la envidia de todas sus amigas, que disfruta sintiendo la mirada del resto de hombres del bar sobre sus sobreexpuestas tetas (supongo que su novio no). Lo que no sabe es que si su felicidad depende de unas tetas a los 21, poco se puede esperar de ella como persona a los 45.

Pero no quiero rehuir el debate de atribuir culpabilidades. Está claro quién las debe asumir. Quienes le han dado apellidos debieran haber inculcado en ella otros valores, otras ideas, otros principios morales. La moral no está en distinguir lo bueno y lo malo (que también), ni en discriminar aquello que la sociedad (ese ente abstracto que nos examina a todos y nos juzga, a nuestro pesar) acepta o no. En parte porque no hay nada intrínsecamente bueno y malo, ni definible como tal. La moral parte como una guía de conducta ante la vida, que parte de la autoaceptación de la persona para, a lo largo de los años, enraizarla dentro del contexto social del que forma parte, respetando a los demás pero, en primer lugar, respetándose a uno mismo. Una sociedad en la que causa furor televisivo la operación estética de la ex amante de un torero, actual vicetiple catódica con aires de frutera, poco o nada puede aportar a la moral. Es el triunfo del materialismo más burdo, más sucio y putrefacto. Estrenar tetas a los 21 años es como hacerse adicto a la cocaína. A la larga, ambas te destrozarán el cerebro.

2 comments

  1. ¡Gañán! Que te vienes al Sur y ni saludas. A ver si nos vemos la próxima vez. Enhorabuena por terminarte "Guerra y Paz". Que te vaya bien.Endelecius desde la cueva.

  2. Albricias! Qué de tiempo! La verdad es que os tengo un poco abandonados. Entre los exiliados en Córdoba y Navarra, y a los que os tengo la pista perdida, bajo y apenas saludo. Ni siquiera tropiezo con Iván de copas, fíjate cómo se devalúa esto!Bienvenido al blog, que es mi cueva particular.

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