Habemus boda!

No es la mía, señora, no es la mía, cálmese los sofocos! Es de un buen amigo (cuyo nombre omitiré hasta que él decida hacerlo público) que decide, a mi edad, dar ese paso en la vida en el que firmas un papel que te ata legalmente a otra persona “hasta que la muerte los separe”, ya sea un fallecimiento físico o jurídico (véase, un divorcio). Expreso desde aquí mi más sentida enhorabuena al individuo y a su sufrida compañera (que me da que sufre poco, pero siempre queda bonito señalar la posición doliente de ellas frente a los impresentables de ellos, o sea, de nosotros), y me preparo para una boda con vistas a la ría (no especificaré cuál, entiéndame) que promete durar más que las de Caná. Y a buen seguro que habrá allí alguién que transforme el agua en vino, porque de lo segundo, conociendo al entorno del susodicho, su extracto social, su carrera profesional, su currículum vital y su procedencia, no faltará ni un chupito. La reflexión, que me está quedando bastante destroyer, busca subrayar sin embargo el hecho de que ya hay quien a los veintitantos se plantea el futuro en serio, ha abandonado la frivolidad y el carpe diem para sentar cabeza. Le he preguntado qué pastillas son esas, pero el jodío me responde riéndose. Creo que me soltaría eso de “ya te llegará a tí”, pero luego se da cuenta de con quién está hablando y vuelve a reírse ahorrándose el comentario. Qué puñetero. 

La última boda a la que asistí, la del gran Rafa Ferreiro, fue un hito. En todos los sentidos. Y fue una ocasión única para juntar bajo un mismo techo (que no iglesia, porque la mitad nos ahorramos la ceremonia y fuimos directos a la pitanza) a un buen puñado de amigos con los que compartir risas, copas, copas y copas (repetición justificada). Deseo que los astros se conjuren para una reunión así. Bodas. Otro día elucubro sobre el concepto matrimonial y su fastuosa celebración, rito primitivo donde los haya y no exento de dispendios. Mientras tanto, tengo que preguntarme si mi conciencia me avisa de que los casados son amigos perdidos pa los restos o, por el contrario, forman parte de un club al que más vale que aligere para entrar o se me pasa el arroz. Ahí es nada, señora.

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