Dieciocho de febrero de 2010

A las doce y media de la madrugada (minuto más, minuto menos, quiero ser preciso), he concluido “Guerra y Paz”. Así, en un mesecito, me he encajado milipico páginas entre pecho y espalda de literatura de verdad, de narrativa con mayúsculas. Pedazo de obra maestra del señor Tolstoi, que salvo alguna rayada mental en su segundo epílogo, ha conquistado mi corazoncito de lector con una historia pasional, verdadera, intensa, descrita con precisión de cirujano, en la que los sentimientos de cada personaje están diseccionados cual cadáveres en una morgue para que las sintamos como cercanas. Y aunque haya toneladas de ficción en su relato de las batallas y la descripción de las guerras, hay tal detalle que hace que relajemos la búsqueda del rigor histórico. Impresionado por concebir que alguien en su día fuese capaz de parir tamaña producción, no le negaré, señora, que me quito un peso de encima acabándolo. Ahora necesito dispersión, literatura de menor exigencia intelectual. No caigo en brazos de la programación de Telecinco, no se engañe. Tropiezo con “Providence”, de Juan Francisco Ferré, por culpa de una generosa crítica publicada en el ABCD, ese trozo de papel con cultura que regalan los sábados y que para muchos tiene consideración bíblica. Les haré caso por una vez. Y ya le contaré. 

Pero no se confunda. “Guerra y Paz” merece ser leído en esta vida. El cuerpo se lo pedirá.

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