Peregrine usté a Laponia

Odio el frío. Tanto o más que las alcachofas. Me dan jaquecas cuando baja el termómetro por debajo de los 5 grados, se me enfría la garganta, los huesos y creo que si tuviera alma, también se resentiría. Y hoy me levanto y veo a Santiago blanco. No ha explotado un avión de cocaína sobre la ciudad, y lo deduzco porque los coches patinan por las calles y la gente va toda de pie, y nadie se arrodilla de forma sigilosa. Ni hay sospechosas rayas negras en el suelo. Bueno, y por el frío polar que dicen que procede de una masa de aire que ha llegado desde el mismísimo confín del mundo en el que dice vivir Papa Noel. Galicia tirita, y yo me he atrincherado en casa con víveres y películas y juegos de la play hasta que pase esta glaciación, se mueran los mamuts y la civilización recupere los hábitos saludables de ir a trabajar en coche sin jugarte la vida. Pero por darme pena, pero pena de la buena, están los pobres peregrinitos que vienen buscando el Jubileo desde váyase usté a saber dónde (Astorga, León, Burgos, Soria, Roncesvalles!) y que atraviesan los caminos nevados acompañados sólo por su báculo y su mochila. Aunque quizás congelados, los pies duelen menos. Tradicionalmente, a Santiago se venía a pie, en bici, a caballo, y los más holgazanes, en coche o moto. Ahora pueden sumarle el trineo tirado por perros, y en vez de la Compostela le daremos un cuerno de reno y un diploma al valor. Bienvenido a Laponia.

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