Norma

La ópera es un infinito laberinto en el que a cada giro de una esquina, uno encuentra algo nuevo. En los últimos días estoy descubriendo uno de los títulos básicos en el repertorio romántico italiano del s. XIX, la “Norma” de Bellini, una obra de exquisita factura, y donde la soprano condensa las mejores arias, las más bellas, las más exigentes, con espacio para desplegar sus facultades canoras y conquistarnos a lo largo de las casi tres horas de función. En concreto, estoy sucumbiendo a los encantos de una de las mejores intérpretes del rol, María Callas, una de las leyendas del belcanto (en este caso, haciendo doble referencia al término con el que errónea pero habitualmente se califica a la ópera, y por otro al estilo concreto de la obra). El argumento es enrevesado como pocos, pero de eso se trata, de crear drama cantado de la suficiente belleza como para ofuscar nuestra lógica y olvidarnos de qué se cuenta para deleitarnos en el cómo. No engaño si digo que llevo casi una semana oyendo y requeteoyendo la “Norma”, a la búsqueda de hacerme con sus melodías, sus arias, y quien sabe si alguna entrada para Madrid en mayo. Están invitados.
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