Premios de saldo

No tengo excesivo respeto por la Academia Sueca de los Premios Nobel. Que lleven dos décadas escamoteándole el de Literatura a Miguel Delibes (al igual que a otros autores en lengua castellana) habla a las claras de cómo se mueven sus señorías. Es más, hoy informa “Público” que la Wikipedia anunció el galardón literario minutos antes de que se hiciera público. O sea, que de seriedad, la justa, por mucho ritual que sigan en su actuación. Pero hoy me llama poderosamente la atención que concedan el Nobel de la Paz al presidente norteamericano, Barack Obama. Me parece un insulto, una absoluta tomadura de pelo, un brindis al sol, un gesto populachero y sin fundamento alguno, porque este señor (al que yo he apoyado públicamente, y en quien confío para cambiar el orden mundial siquiera levemente) apenas lleva nueve meses en el cargo. Es inadmisible que a un dirigente que todavía no ha logrado ningún fruto palpable en su gestión, más allá de las buenas palabras y los inequívocos valores que llenan sus discursos, se le conceda esta distinción valorando únicamente sus intenciones. Lo más parecido con que se me ocurre compararlo es con un juez que sentencia a un reo por simples indicios y sin prueba alguna que lo acuse. 

Obama está de moda. Y eso está bien, en serio. Hace que incluso Zapatero abra el armario de la familia Addams y se fotografíe con él en la ONU, y diga que es su amigo y que la Alianza de Civilizaciones es la clave para resolver los desencuentros mundiales. Pero no hay que olvidar que la clave del éxito de Obama reside en la coyuntura política dejada por ese nefasto dirigente que fue George W. Bush y las tóxicas consecuencias a nivel global de sus dos mandatos. Las promesas de cambio forjaron un espíritu renovado en la sociedad americana, que es donde realmente debe hacerse notar el actual presidente. Fuera de sus fronteras, Afganistán sigue siendo un avispero, Irak más de lo mismo, arabes e israelíes no han avanzado un palmo más de lo que lo hicieron durante la etapa Clinton, Iran continúa con su programa nuclear, Sudamérica ha caído en manos de los populismos y la ONU sigue valiendo exactamente para lo de siempre: nada.

Obama no ha ejercido de mediador internacional, ni ha auspiciado la firma de tratados de paz entre países en conflicto, ni ha sido capaz de plantear todavía una solución a la situación de Oriente Medio… Tan solo discursos, discursos y discursos. Que sí, que forjan el carácter y la imagen de un político, que desnudan sus intenciones. Pero obras son amores y no buenas razones, que decía el clásico. Me comentaba hoy mismo mi compañero Tito que este premio es tan inmerecido como el Príncipe de Asturias de los Deportes a Fernando Alonso, ese multimillonario conductor de coches que comparte el mismo galardón que un titán como Indurain o un héroe como Nadal. Y razón no le falta. El Nobel a Obama es un premio de saldo, un trofeo a las buenas intenciones, a las sonrisas fotogénicas, al márketing y al humo, el mismo que desde hace años denuncio y critico a Rodríguez Zapatero. La diferencia estriba en que dentro de siete años creo que Obama sí sería merecedor de un reconocimiento mundial a este nivel, mientras que en España, nuestro presidente del gobierno necesitaría siete reencarnaciones con que aunar méritos suficientes para ganar el premio de la asociación de viudas de Calasparra.

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