Emociones

Las artes tienen un sentido: emocionar. No es su fin en estos días tan extraños, donde la contemporaneidad hace que dudemos de qué es arte y qué es basura. Lo es desde hace siglos. Hay una diferencia entre ejercer de notario y relatar lo que a uno le rodea en un momento determinado de la historia y convertirse en cronista de sus coetáneos, haciendo de la historia algo vivo: llegar a las emociones del individuo, tocar su sensibilidad, abrazar su alma y transmitirle un mensaje. En esta larga noche de insomnio, me he dado cuenta que no he vivido una situación así, de sentir suspendidos mis sentidos y en alerta, hasta que el pasado viernes disfruté de la "Turandot" representada en La Coruña. Más allá del talento de los intérpretes y la orquesta, caí rendido a los pies de la música de Puccini, del instante de placer que sentí cuando vivía que jugaba con mis emociones, que me manipulaba, que las conducía hacia la alegría o la tristeza. No es la primera vez. Verdi también sabe hacerlo. He ahí la grandeza del drama operístico italiano del siglo XIX y sus coletazos en la centuria pasada. Por encima de eso, está el hecho de admitir que un extraño hurga en tu alma, como lo hace Turner cada vez que contemplo en la National Gallery su "Rain, steam and speed" (1844), o la sensación que viví al caer preso del "Moisés" de Miguel Angel. Uno es de piedra, lo sabe y lo padece, pero hay excepciones que agrietan la roca. Menos mal.

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