Patriotismo de celuloide

El cine español hace años que no me entusiasma. No escupo para arriba ni me rasgo las vestiduras pensando que lo de aquí es peor que lo de fuera. Tampoco crean que me interesa lo más mínimo lo que hacen en Francia, Portugal, Italia o los mismísimos USA. Incluso Hollywood tiene oxidada su maquinaria para hacer películas que me interesen de verdad. Me producen una profunda indiferencia. Incluso la propia ceremonia de los Oscar, que llevo cosa de dos o tres años sin ver en directo. Pero lo del cine de aquí me preocupa. No hace demasiado había directores muy interesantes, de reconocido prestigio, que tenían sus películas más o menos cada dos o tres años, y la cita con ellas solía satisfacer. Por otro, estaba el cine “de poesía”, coñazos integrales de conflictos interiores y mucha mandanga intelectual que arrasaban en los festivales y entre los sesudos críticos, pero que en taquilla se desplomaban porque la gente prefiere el sofá al cine para echarse una cabezadita. La crisis se ha cobrado la cabeza de éstas últimas producciones. No hay sitio para ese cine reposado (de más) y su diletancia artística. Pero en consecuencia, la ¿industria? del cine español ha llevado a sólo realizar proyectos que garanticen el retorno de la inversión, esto es, cine adolescente, torrentes, películas de miedo exportables al extranjero, Almodóvar y superproducciones amenabarianas. Dicho así, a alguno podría sonarle bien. Pero arroja un panorama desolador. Lo hace porque el oscarizado Pedro no encuentra la tecla de la calidad de hace unos años; porque “Mentiras y gordas” o “Pardillos en Oxford” no se crean que es humor fino; porque el cine de terror es de consumo muy parcial entre los espectadores; y porque Amenábar tarda un lustro en hacer una película.Todo esto es una excesiva introducción para acabar en “Solo quiero caminar”, la última de Agustín Díaz Yanes que disfruté ayer. Hacía meses que no me gustaba una peli de cine español tanto como ésta. Tiene mimbres algo tramposetes, como es recurrir a la fórmula que tan bien le fue a Tano en “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”, un peliculón como la copa de un pino donde Victoria Abril y Pilar Bardem (qué lástima que esta mujer no se dedique sólo a actuar) hacían un tour de force frente a Federico Luppi, malvado entre los malvados. Probablemente, una de las mejores pelis de los noventa. Y de aquella vaca gorda han ordeñado la teta para sacarle una especie de secuela pero no, con algún personaje común, con guiños al pasado, con ese poso amargo tan de Díaz Yanes, donde no hay ganadores sino supervivientes. La Abril está bien pero pasada de rosca. Me cautivó Ariadna Gil y esa mirada perdida, Diego Luna (mejor que Gael García Bernal, dónde va a parar!) y la elegancia del asesino, y sobre todo, el ritmo con que Díaz Yanes narra, cómo resuelve algunas escenas, el punch que el flamenco da a la historia… Una muy buena cinta.

No sé si este oasis en el desértico cine español, plagado de subvencionados locuaces y afines al régimen socialista, tendrá alguna continuidad más allá de las arenas. Lo único que me queda claro es que para que una película me cautive, suele ser necesario que cuenten algo que me interese. Y aquí, los únicos interesados suelen ser lo directores en contar su cuento a espaldas de la audiencia. Así va el negocio, claro.

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