Pellizco

A ratos no me conozco. Estos días se inaugura en Madrid una exposición retrospectiva sobre Joaquín Sorolla en el Prado. Debe ser la más importante del pintor levantino en nuestro país que se recuerde. Tan es así que se recogen no solo las obras en suelo español sino incluso los grandes murales que pintó de estampas patrias para la Hispanic Society de Nueva York. Y entre ellas, hay una de Ayamonte, esa que reproduce la foto. Se llama "La pesca del atún", y la pintó en mi pueblo en 1919. Ya ve, señora, que motivo de orgullo tan tonto, eso de aparecer en cuadro. Y en los reportajes de televisión sobre esta magna exposición, cuando aparece la panorámica y al final de un pasillo veo ese Guadiana y su luz reflejada, me da un pequeño vuelco el corazón, como víctima de un pellizco. De alguna manera, siento que una parte de mi, que a su vez es una parte de todos los ayamontinos, de las personas que sentimos y llevamos ese trocito del mapa en nuestra sangre, se exhibe al mundo. Y eso sí es motivo de orgullo, el poder compartir con gentes de todas partes y rincones la luz que refleja nuestro río, el paisaje del país vecino al otro lado de la lengua fluvial guadianera, las artes y oficios de unas gentes que subsistían en un pueblo que atravesaba una oscurísima depresión económica. Es también la pérdida de una época que se fue, la del Ayamonte pescador, ahora turístico. Al contemplar la pintura, que por primera vez pisa España desde que fue pintada (ha estado itinerante en los últimos meses por nuestro país), uno se imagina al lado del pintor, de ese Sorolla que entabló cierta amistad con el naif Rafael Aguilera (qué pena que la humildad no sea hereditaria), viendo ese muelle bullir de actividad, con el olor a salitre y pescado impregnando el ambiente.

Por motivos así, a uno sí le enorgullece venir de donde viene, y cuando esté en el Prado este junio contemplando esta pieza, me entrarán ganas de agarrar a quien tenga al lado y decirle "¿ve esto? Es mi pueblo, es Ayamonte", y quedar de cateto grande, pero cubrir la necesidad imperiosa de que alguien envidie que yo venga, que yo me criara y que yo mamara uno de los sitios más bonitos que hay en este mundo, por más que haya quien hiciera grandes avances por sepultarlo bajo el cemento. Y me quedaré como un tonto admirando una y otra vez la claridad que durante años disfruté mientras vivía y crecía a la orilla del río. Y sonreiré, casi sin sentido. Y no descarte, señora, que se me escape una lágrima. Será la primera vez que me pase algo así con algo referido a mi pueblo. Pero entienda que esto convierte en alpiste para canarios que nuestra hija predilecta sea una niñata que ganó EuroJunior o que el tal Pitingo naciera aquí. Tuvo que ser Sorolla quien encontrara la verdadera belleza. Y en un rincón de Ayamonte, en la Plaza de la Laguna, un zócalo azul recuerda su paso y su obra, allí donde los niños juegan y corretean, alrededor de unos pescadores descargando atún que son de la familia, vecinos de toda la vida. Ay.

One comment

  1. En efecto, bellísimo cuadro que pude admirar el año pasado cuando pasó la colección por Málaga.Enhorabuena por la parte que le toca.Saludos

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