La voz humana

 

Del amplio espectro vocal de la lírica operística, quizás la cuerda masculina menos conocida por el público en general pueda ser la del barítono (obviaré la del contratenor). Ya sabemos qué es un tenor, porque las tonadillas más famosas están escritas para él, hemos visto a Domingo, Pavarotti y Carreras de gira por el mundo, y en los concursillos esos de medio pelo aparecen fontaneros que se creen divos del bel canto. Una voz de bajo es una voz de bajo, grave y aquilatada, poderosa. Pero un buen barítono te puede hacer temblar las canillas. Esto es “Ernani”, una ópera no demasiado conocida de Verdi, que tiene uno de los recitativos para barítono más apasionantes jamás escritos, siendo este compositor el que más y mejores roles creó para esta cuerda (así a vuelapluma, Rigoletto, Germont, Iago, Renato o Simon Boccanegra). Y al frente del papel, Cornell MacNeil, un americano espectacular, probablemente el mejor en la década de los sesenta, heredero de los grandes Tibett y Warren. Fue uno de los mejores jorobados de la segunda mitad de siglo (probablemente el mejor), un temible Scarpia y este Don Carlo de “Ernani” es otra grandísima creación. Fíjese, señora, en cómo modula la voz, la suavidad con que recorre los pasajes, el volumen, la densidad, y el agudo natural con que cierra el aria, sólo al alcance de unos cuantos sin caer en el ridículo. Al final, el Metropolitan cae rendido a sus pies. Las maquinas del tiempo deberían permitir estas cosas, el regresar al pasado y disfrutar fugazmente de los titanes de la lírica.

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