Tiempos indiferentes

Llega uno del sur, tras una semana en el balneario, acostumbrado al sol, al cielo azul, al calorcito del mediodía, a las Rayban polarizadas, a la cañita en terraza… Y regresa a Santiago. Todo a hacer puñetas. Ni sol, ni azul, ni calor, ni gafas, ni cerveza. Nada. Gris, gris, gris y más gris. Qué cansino es esto, señora, se lo juro. Si no fuera porque en marzo presencié el alumbramiento de la primavera y el florecimiento de los escotes y las minifaldas, saldría huyendo de esta ciudad, que se está volviendo cada día un poco más loca. Al menos tengo el relativo alivio de que comienza la temporada de regatas y viajes, en ese orden. Primero, Bayona, a finales de mes, para recuperarle el pulso a la Villa de la Arribada y su magnífico Monte Real Club de Yates. Luego Madrid, ciudad a la que hace un año y medio que no rindo la debida pleitesía, y en julio, de nuevo Londres, para una doble sesión junto al mercado de Covent Garden. Todo ello hace mirar con otros ojos la capota gris compostelana, cansina como pocas cosas. Bueno, y otro azul que me asiste, que hace olvidar muchas cosas.

PD: Y la paletilla que luce en mi cocina, cinco kilos y medio de bellota a la que dentro de poco daré muerte!!

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