El laberinto operístico

Supongo que es como cualquiera de las bellas artes, aunque más bien es un sumatorio de un puñado de ellas. La ópera es un laberinto para los que un buen día dimos ese pasito para conocerla, siquiera superficialmente. Desde fuera, el laberinto parece inexpugnable, salvo para un selectísimo grupo de elegidos que transita de un extremo al otro casi con los ojos cerrados, comentando los detalles de su paseo a otros semejantes, mientras tú, desde la reja exterior, contemplas casi sin entender lo que pasa. Hasta que un día encuentras una rendija en un muro, y echas un vistazo. Y puede que te entusiasme lo que vieras y necesitaras más desde el primer momento, o que de una indiferencia inicial acabases preguntándote cómo sería echar otro vistazo. Y por esa grieta, pequeña, ves pasar historias y sensaciones que te hacen acabar llamando a la puerta. Y se abre. Y entras. Y no sabes muy bien si ir hacia la izquierda, la derecha o el centro, esto es, si probar con el bel canto, el verismo, el barroco o las moderneces. E incluso cuando has hecho la primera elección de menú, dudas entre los repartos de freidora (chisporroteo propio del primer tercio del siglo XX) o los más actuales, aquellos que incluso podrías ver en un teatro llegado el momento.

Yo estoy a las puertas del ingente laberinto. Verdi y su Rigoletto me hicieron mirar por la rendija un día. El Barbero de Sevilla me llevó de nuevo. Y Juan Diego Florez me ha hecho llamar a los inquilinos del recinto para pedirles que me hagan un huequecito, si no les molesta. Pasito a paso, acabas llegando a Mozart, Puccini y Donizetti. Te zambulles entre las decenas de versiones de una misma Traviata verdiana (algunas del mismo intérprete con pocos años de diferencia), y acabas casi sin querer escuchando la Salomé de Strauss derivado de la fascinación que ha despertado en ti la Fanciulla pucciniana. Lo importante de todo esto, más allá de que dentro de cincuenta años alcances el grado de supertacañón del lied y la cabaletta, es disfrutar. Mientras se alcance ese punto en que se eriza el vello, la aventura del laberinto habrá tenido sentido.

2 comments

  1. Me alegro enormemente que metieras el ojo, la nariz y el oído en la ópera… y que luego terminaras con todo el cuerpo. Pero alguien debió darte ese empujón…. No es tan difícil disfrutarla, simplemente hay que dejarse llevar por las emociones… Por eso no importa dónde se cante si quien lo hace sabe del oficio…. Allá que se va… Parece que empiezas a comprender…. Me congratulo.

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